
Pisé el cilanco más hondo de mi vida
y se mojó la punta de mi dedo mocho
en un cilanco amplio como un lago
profundo, azul y frío.
Es el eterno agujero negro
que la luz consume y el tiempo detiene.
Nadie sabe el porqué, el porqué de su luz;
pero mitad dormido, mitad despierto puede funcionar.
Si cerrás los ojos y mirás al infinito
con las pupilas blancas de azúcar impalpable,
luego de haber inhalado edulcorante
fuerte como un rinoceronte
que embiste sin descanso
el muro de sus días…
¡Dios! ¿Quién sabe donde parar? ¿Quién sabe
cómo parar? Mas ya no hay respuesta alguna.
Redondeo de plegarias en
catalejos, ultratumba de maullidos asombrosos,
gruñidos de lobos hambrientos,
bramidos de pumas cebados
como mates calentitos a la hora del té
que prometen una noche de insomnio desvelado
y dichosos los que los miran pasar
sin siquiera mirar.
Tomó la perinola y la giró hacia el otro lado
para asegurar que “todos juegan” saliera nuevamente.
Y todos jugaron alegremente,
con algarabía y resonantes carcajadas
que rebotan entre paredes de mármol
frío y húmedo, y oscuro y húmedo otra vez.
Enmascarado por la bronca y la ira, saca su
palma húmeda y se hunde en los mares del olvido
con cartón corrugado como balsa
y metano de alfalfa de bandera.
Imagen: Murakami

